Coherencia y decencia

Coherencia y decencia
Una reflexión sobre los valores que heredé, el país que me acogió y el derecho a pensar diferente.
Hay conversaciones que una necesita tener consigo misma antes de compartirlas con los demás. Reflexiones que se quedan dando vueltas en la cabeza, que incomodan, que duelen y que, tarde o temprano, necesitan encontrar su lugar en palabras.
Esta es una de ellas.
Hoy, en esta pequeña tertulia en un huerto que existe en un lugar de Castilla y León, quiero hablar de coherencia y decencia. De lo que me enseñaron, de lo que he vivido y de lo que pienso. No pretendo sentar cátedra ni convencer a nadie. Simplemente quiero compartir una reflexión personal, con la serenidad que intento cultivar en mi vida y con la honestidad que siempre he considerado imprescindible.
Porque hay momentos en los que guardar silencio para evitar que alguien se moleste termina siendo una forma de traicionarse a una misma. Y yo, a estas alturas de mis años, quiero seguir siendo fiel a lo que soy.
Mi abuelo, mi padre y la decencia
Mi abuelo, Alberto Font-Bernard, fue político y llegó a ser gobernador de Santo Domingo. Mi padre también tuvo una trayectoria importante en la vida pública dominicana: fue secretario de la Presidencia, director del Archivo General de la Nación, director de Radio Televisión Dominicana y asesor de diferentes figuras políticas.
Ambos fueron periodistas e intelectuales. Hombres vinculados a la cultura, a la palabra, a la historia y al pensamiento. Ambos fueron respetados y ambos murieron con el balance de banco vacío pero henchidos de honor por haber tenido las cuentas claras y las manos pulcras.
Yo crecí con ese legado. Aunque nunca sentí una verdadera vocación política, también desempeñé responsabilidades en instituciones gubernamentales de mi país.
Quizá nunca tuve la piel que se necesita para permanecer en determinados ambientes. Soy una mujer emocional y, probablemente, demasiado permeable a ciertas situaciones. Nunca he conseguido acostumbrarme a las luchas de poder, a las intrigas ni a las dinámicas en las que parece que todo vale con tal de sobrevivir.
Mis últimos años trabajando en una institución pública fueron especialmente difíciles. Llegué a describir aquella etapa como una mezcla de Juego de Tronos, House of Cards y Vikingos: una combinación de luchas de poder, estrategias y supervivencia cotidiana.
Durante aquel periodo señalé una situación que consideraba injusta: que una persona llevaba varios años cobrando un sueldo sin trabajar. Después de aquello, sufrí difamaciones en redes sociales durante más de un año. Pasó esto, entre otras experiencias que he preferido lanzar al río desde el puente del olvido.
Aquellas experiencias me dejaron muchas preguntas sobre la condición humana y sobre el precio que, en ocasiones, hay que pagar por no callarse, por no claudicar y por mantener sus valores.
La política debería ser una herramienta para mejorar la vida de las personas. Debería servir para construir, proteger, administrar con justicia y generar oportunidades. Sin embargo, la realidad puede ser mucho más compleja y, a veces, profundamente decepcionante.
Para permanecer en determinados espacios parece necesario desarrollar una piel gruesa, aprender a soportar lo insoportable y aceptar situaciones que una jamás habría imaginado y luego, después de la vorágine, cada noche irse a dormir aunque para esto, sea necesario altas dosis de melisa y valeriana.
Yo no conseguí desarrollar esa piel. Y tampoco quiero hacerlo si el precio es dejar de reconocerme.
Hoy estoy en otra etapa. Ya no ocupo ningún puesto en una institución estatal de mi país. Estoy emprendiendo, con más de cincuenta años, un proyecto propio: Lands World, un estudio creativo de viajes al que estoy entregando mi energía, mi experiencia, mi fe y todo mi empeño.
No es fácil empezar de nuevo. Pero quiero hacerlo a mi manera: trabajando, construyendo y procurando que aquello que consiga sea fruto de mi esfuerzo.
Porque mi padre me dejó algo que considero mucho más valioso que cualquier cargo: una manera de entender la vida.
Siempre me hablaba de la decencia. De la importancia de ser coherente. De que, por encima de muchas cosas, había que ser una persona capaz de mirarse al espejo y no sentir vergüenza. Y esa enseñanza continúa siendo una de mis brújulas.
España: el sueño de una niña
España no apareció en mi vida por casualidad.
Desde que era una niña de apenas cinco años, decía que algún día me iría a España. No sé explicar qué había en aquel país que me atraía tanto antes incluso de comprender bien lo que significaba vivir lejos de casa. Pero lo decía una y otra vez: yo quería ir a España.
Con los años, aquel sueño se convirtió en una realidad. Solicité la nacionalidad española por las vías establecidas. Busqué asesoramiento jurídico, reuní los documentos requeridos, pagué las tasas correspondientes y esperé los plazos que debía esperar.
Hice las cosas cómo entendía que debían hacerse. El día que me concedieron la nacionalidad fue uno de los más felices de mi vida. Y, en aquel momento, solo pude pensar en mi padre.
Pensé en nuestras conversaciones sobre cultura, literatura e historia. Era su sueño verme recorriendo librerías españolas, descubriendo monumentos, hablando de arte o simplemente sentada en un bar o una taberna, tomando una cerveza y disfrutando de la vida. Él quería verme feliz, libre y segura.
Recuerdo ese día, por allá por el 2022, pensé: Papi, lo logramos. Me gusta imaginar que, dondequiera que esté su alma, aquel día también fue feliz.
España me acogió. Me abrió la puerta a una vida que había imaginado desde pequeña. Por eso le estoy agradecida.
Soy dominicana y soy española. Mis raíces dominicanas forman parte de mí, pero España también es mi país. No siento que deba elegir entre una identidad y otra.
Precisamente por eso, siento una responsabilidad con esta tierra.
Quiero contribuir a su bienestar. Quiero hacer las cosas bien. Quiero que, cuando alguien hable de mí, pueda decir: «Ella lo hace bien. Es una buena ciudadana. Es una persona honesta». No pretendo ser perfecta. Quiero ser coherente.
Porque, para mí, adquirir una nacionalidad no es solamente recibir un documento. Es también asumir un compromiso con el lugar del que ya formas parte.
No estoy en contra de que las personas vengan a España
Quiero dejar esto muy claro, porque considero que es importante para entender todo lo que viene después.
No estoy en contra de que las personas vengan a España. No estoy en contra de que regularicen su situación por las vías legales, trabajen, emprendan, estudien, formen una familia o construyan aquí una vida mejor. Conozco lo que significa llegar a otro país. Sé lo que implica empezar de nuevo y desear que te den una oportunidad.
Lo que cuestiono es otra cosa. Me preocupa que los recursos públicos se gestionen de manera injusta, que las ayudas no siempre lleguen a quienes más las necesitan, que existan abusos o que determinadas conductas queden impunes mientras otras personas cumplen con sus obligaciones y sienten que nadie las protege.
Me preocupa que se confunda la solidaridad con la ausencia de responsabilidades.
Creo en ayudar a quien lo necesita. Pero también creo que las ayudas deben contar con criterios transparentes, controles adecuados y mecanismos que permitan detectar el fraude y evitar los abusos.
Los recursos públicos no aparecen por arte de magia. Proceden, entre otras fuentes, de los impuestos que pagamos ciudadanos y empresas. Por eso considero que deben administrarse con responsabilidad y justicia.
Y cuando hablamos de solidaridad, creo que también debemos hablar de quienes llevan toda una vida trabajando, cotizando y contribuyendo a sostener el sistema.
No creo que una persona valga menos por ser extranjera. Creo que todas las personas deben ser tratadas con dignidad y que las normas deben aplicarse a todos.
También creo que no se debería imponer las creencias religiosas a los demás. Nadie debería situar sus costumbres por encima de la ley. Y nadie debería quedar exento de responsabilidades por su origen, del mismo modo que nadie debería ser discriminado por él.
Integrarse no significa renunciar a las propias raíces. Significa aprender a convivir, respetar las normas del lugar donde se vive y contribuir, en la medida de las posibilidades de cada uno, a la sociedad de la que se forma parte.
Eso es lo que entiendo por respeto mutuo.
El anciano del supermercado
Hace poco fui al supermercado y vi a un hombre español, probablemente de más de ochenta años, que tenía dificultades para manejar su carrito de la compra. No conozco su historia. No sé cuánto tiempo trabajó ni cuáles son sus circunstancias personales.
Pero, cuando llegó el momento de pagar, tuvo que devolver algunos alimentos. Aquella escena me rompió el corazón.
Me quedé pensando en cuántas personas habrán trabajado toda su vida con la esperanza de llegar a la vejez con un poco de tranquilidad. En cuántas personas habrán contribuido durante décadas a sostener una sociedad de la que ahora esperan poder vivir con dignidad.
Y me pregunté: ¿Cómo es posible que una persona mayor tenga que renunciar a comida porque no le alcanza el dinero?
¿Es esta la dignidad que queremos garantizar a quienes han dedicado su vida a trabajar?
No quiero utilizar la historia de aquel hombre para enfrentar a unas personas con otras. Quiero recordarnos algo mucho más sencillo: un país debe cuidar a quienes más lo necesitan, y entre ellos están sus mayores.
La solidaridad no debería convertirse en una competición entre personas vulnerables. No debería consistir en decidir quién merece más compasión por su lugar de nacimiento.
Pero tampoco debería utilizarse como excusa para tolerar abusos o incumplimientos.
Necesitamos un sistema que ayude a quien verdaderamente lo necesita, que ofrezca oportunidades a quien quiere salir adelante y que exija responsabilidades a quien se aprovecha de los demás.
¿Es demasiado pedir?
La seguridad, la vivienda y el derecho a vivir tranquilos
También me preocupan la seguridad y el acceso a la vivienda.
Me preocupa que una persona tenga miedo de salir de casa y encontrarse con problemas al regresar. Me preocupa que quienes han ahorrado durante años para comprar una vivienda, se sientan que pueden quedarse indefensos ante determinadas situaciones.
La vivienda es una necesidad básica y, para muchísimas personas, también representa el resultado de toda una vida de esfuerzo, ahorro y sacrificio.
Proteger a quien atraviesa una situación de vulnerabilidad no debería significar desproteger a quien ha cumplido con sus obligaciones.
Del mismo modo, la seguridad de los ciudadanos no debería convertirse en un asunto secundario ni en un debate que solo se aborda cuando interesa políticamente.
En mi entorno he observado comportamientos que me preocupan: situaciones de intimidación, daños a vehículos y actitudes que perjudican la convivencia. No considero que debamos normalizar estas conductas ni mirar hacia otro lado.
Tampoco creo que debamos atribuirlas colectivamente a una nacionalidad o a un grupo entero. La responsabilidad corresponde a quienes realizan esos actos y a las instituciones que deben actuar ante ellos.
Cuando pienso en determinadas situaciones que he visto o en noticias como las relacionadas con Ceuta y Melilla, me surgen preguntas sobre la gestión de las fronteras, la responsabilidad de las instituciones y la capacidad del Estado para garantizar un sistema ordenado, seguro y humano.
Podemos discrepar sobre las respuestas. Podemos discutir las políticas concretas. Pero no deberíamos tener miedo de formular las preguntas.
Quiero vivir en un país en el que una persona pueda salir de su casa sin miedo, en el que los mayores puedan hacer la compra sin tener que devolver alimentos y en el que trabajar honradamente, siga siendo una vía real para vivir con dignidad.
No creo que esos deseos sean radicales. Creo que son aspiraciones básicas.
La coherencia también se practica
Hay otra cuestión que me preocupa y que tiene que ver con la coherencia personal.
Me cuesta comprender que alguien defienda con vehemencia determinadas ideas sobre la propiedad privada, pero al mismo tiempo aspire a comprar una vivienda para sí mismo. Que reclame que las ayudas públicas se concedan sin criterios ni condiciones, pero no esté dispuesto a asumir personalmente el compromiso que exige ayudar a los demás.
Si consideras que una persona que atraviesa dificultades necesita un hogar, ¿estarías dispuesto a abrirle las puertas del tuyo?
Si crees que los recursos deben compartirse, ¿qué estás dispuesto a compartir tú?
Si defiendes una determinada forma de organizar la sociedad y que todos tienen los mismos derechos, trabajen o no, ¿aceptarías vivir bajo las mismas reglas y asumir sus consecuencias?
No planteo estas preguntas para exigir que cada persona resuelva por sí sola los problemas sociales. Para eso existen las instituciones, los servicios públicos y las políticas de solidaridad. Las planteo porque creo que nuestras convicciones también deberían reflejarse en nuestras decisiones cotidianas.
Me cuesta entender que alguien hable en detrimento de un sistema económico o político en el que dice no creer, mientras disfruta de las oportunidades, la libertad, la propiedad y la seguridad que le ofrece el sistema en el que vive.
Yo creo en el trabajo y en el esfuerzo. Creo en la posibilidad de construir algo propio, de comprarme las cosas con el fruto de mi trabajo y de disfrutar de aquello que he conseguido honestamente.
Creo que una sociedad debe proteger a quien no puede valerse por sí mismo, pero también ofrecer oportunidades a quien quiere salir adelante y exigir responsabilidades a quien se aprovecha de los demás.
También considero que las políticas públicas deben diseñarse para proteger a las personas y favorecer su autonomía. En cuestiones como las ayudas familiares, la natalidad o la protección de la infancia, me parece fundamental que las decisiones se tomen pensando en el bienestar de los niños y en la responsabilidad de los adultos.
He escuchado comentarios sobre tener hijos para recibir una ayuda económica que me han hecho reflexionar. No pretendo juzgar a todas las familias que reciben prestaciones, ni mucho menos a los niños, que no tienen responsabilidad alguna sobre las circunstancias en las que nacen. Lo que cuestiono es que el sistema pueda generar incentivos o que se diseñe sin controles adecuados.
Podemos discutir sobre el papel del Estado, los impuestos, las ayudas o el modelo económico que consideramos más justo. Lo que no deberíamos hacer es convertir cualquier discrepancia en una condena moral de la persona que tenemos delante.
Porque la coherencia no consiste en repetir consignas. Consiste en intentar vivir de acuerdo con aquello que defendemos.
Y la decencia empieza cuando aplicamos a nuestras propias decisiones los mismos principios que exigimos a los demás.
¿Por qué me duele que me llamen racista o fascista?
Quizá una de las cosas que más me duelen de todo esto es que, cuando expreso mis preocupaciones, algunas personas me llamen racista, fascista, nazi o insensible.
Me duele porque soy latina. Porque soy inmigrante, aunque hoy también tenga nacionalidad española. Porque conozco lo que significa llegar a un país, construir una vida y desear ser aceptada.
Y me duele porque no reconozco esas etiquetas en los valores que intento defender.
No creo que mi experiencia me conceda la verdad absoluta. Estoy dispuesta a escuchar argumentos, a cuestionarme y a cambiar de opinión si alguien me demuestra que estoy equivocada. Pero también reivindico mi derecho a pensar, preguntar y expresarme sin que una etiqueta sustituya al argumento.
Podemos hablar de inmigración sin odiar a los inmigrantes. Podemos defender el cumplimiento de la ley sin despreciar a quienes necesitan ayuda. Podemos exigir una gestión responsable de los recursos públicos sin negar la dignidad de nadie. Y podemos discrepar sobre las políticas de un partido sin convertir automáticamente a quienes lo apoyan en personas moralmente reprobables.
No pretendo tener todas las respuestas. Pretendo poder participar en la conversación.
Me gustaría que, antes de juzgarnos, fuéramos capaces de preguntarnos qué estamos diciendo realmente, qué argumentos tenemos y qué hechos respaldan nuestras opiniones. Porque la decencia también consiste en escuchar antes de condenar.
¿Qué país queremos construir?
No tengo todas las respuestas, pero sí tengo preguntas que considero legítimas.
¿Estamos construyendo una sociedad en la que trabajar y cumplir con nuestras obligaciones merece la pena?
¿Estamos protegiendo adecuadamente a nuestros mayores?
¿Estamos garantizando la seguridad y la vivienda sin enfrentar unos derechos con otros?
¿Estamos exigiendo a las instituciones que administren los recursos públicos con transparencia y justicia?
¿Estamos consiguiendo que la integración sea un camino de convivencia, respeto mutuo y participación, en lugar de un motivo permanente de enfrentamiento?
¿Estamos cuidando la identidad cultural de España sin convertirla en una excusa para despreciar a quienes vienen de otros lugares?
¿Estamos siendo justos con quienes necesitan ayuda y, al mismo tiempo, con quienes contribuyen a sostener el sistema?
Y, sobre todo, ¿qué país queremos dejar a quienes vienen detrás?
Me gustaría que cada persona respondiera desde su propia conciencia, contrastando lo que ve, lo que escucha y lo que realmente sucede a su alrededor.
No se trata de aceptar sin cuestionar lo que dice un partido, un medio de comunicación o una persona con la que estamos de acuerdo. Se trata de pensar, informarnos, contrastar y asumir que nuestras decisiones tienen consecuencias.
Mi posición política, sin disfraces
Quiero ser honesta hasta el final, que las caretas no me gustan ni en carnaval.
Hoy, por lo que conozco de sus propuestas y por las respuestas que plantea ante algunas de las preocupaciones que he expresado, considero que VOX representa una opción política que me parece coherente con mi manera de entender determinadas cuestiones.
Lo digo abiertamente y asumo que habrá personas que no estén de acuerdo. Y está bien.
Pero eso no significa que le entregue un cheque en blanco. Si mañana las decisiones de este partido, sus actuaciones o sus resultados contradicen los principios que defiendo, también lo diré. No tengo intención de justificarlo todo por unas siglas.
Para mí, la coherencia no consiste en defender a un partido pase lo que pase. Consiste en aplicar el mismo criterio a todos, incluidos aquellos con los que una simpatiza.
No escribo estas líneas como un manifiesto electoral ni para convencer a nadie de que piense como yo. Las escribo porque no quiero vivir de espaldas a mis convicciones por miedo a que alguien se moleste.
Creo que tenemos derecho a elegir, a discrepar y a exigir resultados a quienes nos representan. Y creo que ningún partido debería estar por encima del escrutinio de los ciudadanos.
Si un día considero que la opción que hoy me parece adecuada deja de serlo, tendré que ser coherente conmigo misma y actuar en consecuencia. De lo contrario, estaría haciendo precisamente aquello en lo que se basa mi crítica.
Lo que me enseñó mi padre
Al final, todo vuelve a él. A mi padre, a sus libros, a sus conversaciones y a aquella insistencia suya en que había que ser decente.
No sé si habría estado de acuerdo con todas mis opiniones. Probablemente habría tenido mucho que decirme. La cultura y el pensamiento también sirve para discutir, cuestionar y aprender.
Pero quiero pensar que habría comprendido mi necesidad de expresarme con honestidad.
Estoy en una etapa de mi vida en la que intento construir algo propio. Estoy empezando de nuevo, apostando por un proyecto en el que creo y esforzándome por avanzar sin renunciar a mis principios.
No quiero hacerlo desde el resentimiento. Quiero hacerlo desde la responsabilidad.
Quiero agradecer a España lo que me ha dado, contribuir a lo que pueda ofrecerle y sentir que mi presencia aquí suma.
Quiero que mis dos países formen parte de una misma historia de la que pueda sentirme orgullosa.
Lo único que quiero es poder mirar atrás y saber que intenté hacer las cosas bien. Que trabajé, que contribuí, que defendí mis convicciones y que procuré respetar a los demás incluso cuando no pensaban como yo.
Que fui coherente. Que fui decente.
Porque no podemos exigir coherencia a los demás si no estamos dispuestos a practicarla nosotros mismos.
Y la decencia, esa que mi padre me enseñó, debería estar por encima de cualquier ideología.
Esta ha sido una tertulia densa y no pequeña, lo sé. El huerto a veces necesita de ciertas sacudidas, así como la vida también. Hay asuntos que no se resuelven con una frase bonita ni con una consigna. Exigen reflexión, conversación y, sobre todo, honestidad.
Hoy necesitaba decirlo.
Y si algo quiero que quede claro después de todo lo que he escrito, es que mi deseo no es enfrentarme a España, sino verla avanzar. No es señalarla desde fuera, sino contribuir a ella desde dentro. No es exigirle que sea perfecta, sino desear que sea cada día un país más justo, más seguro, más próspero y más digno para quienes vivimos en él.
Porque España me acogió y porque agradezco profundamente haber podido cumplir aquel sueño que tuve siendo una niña. Por eso, incluso cuando me preocupa su rumbo, incluso cuando discrepo, cuando me duele lo que veo, quiero seguir creyendo en ella.
Porque siempre, siempre, siempre le agradeceré y defenderé a la España, camisa blanca de mi esperanza.

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